Desapariciones

Fotografía de Ignacio López Isasmendi

Fotografía de Ignacio López Isasmendi

Cada domingo, Daiana desayunaba con sus padres. Últimamente estaba feliz porque tenía trabajo. “Con la plata que gane te voy a ayudar a terminar la casa, mamá”. Siempre sonriente, Daiana era muy apegada a la familia. La anteúltima hija de una familia numerosa. Una familia que busca a Daiana desde el 6 de mayo, cuando salió con su vecino Darío Suárez. Desde ese día los domingos ya no son iguales. “Me la paso llorando pensando en mi hija”, dice Ramón Garnica, papá de Daiana. “Mi hija nos pintaba un paisaje de colores. Ella con 17 años no conocía un baile, ni un cigarrillo ni una cerveza”, la recuerda Ramón, quien expresa su dolor escribiendo:  

En cada amanecer voy buscando tu presencia

Porque sos mi razón de ser

Perdí el rumbo en mi vida

Daiana, hija querida, pido a Dios volver a verte

Cada día que pasa más te extraño en casa

El día se hace noche

Ya no me alumbrás mi sol

Todo quedó en tinieblas

Porque no tengo tu amor

Sos el astro más bello de este gran universo

Te estamos buscando mi sol

* * *

El caso de Daiana está marcado por pruebas concretas, como los mensajes de texto que el principal sospechoso le mandó el día que desapareció. La persuasión para convencer a Daiana de que lo acompañara a comprar un regalo y el desconcierto ante la puesta en funcionamiento de un horno de ladrillos esa misma noche son claves fundamentales para conocer qué pasó con la chica. Y es que Darío Suárez trabaja en una ladrillera, pero no es su función prender los hornos, mucho menos un sábado a la noche. “Yo voy a pedir la libertad de Darío a cambio de que me diga dónde está mi hija. Yo quiero a mi hija. ¿De qué me sirve que esté preso si yo no tengo a Daiana a mi lado?”, manifiesta Ramón Garnica y agrega que “los abogados ganan su dinero, el fiscal cobra su trabajo, el otro se calla la boca y se va preso ¿y yo? ¿dónde quedo yo y mi esposa [sic] si no está mi hija?”. A Ramón no le interesa si a los sospechosos los condenan a diez o veinte años de prisión. A Ramón le interesa saber dónde está su hija y es capaz de regalarle la libertad al culpable a cambio de abrazar otra vez a Daiana. Y no resulta ilógico si se piensa en una familia invadida por la incertidumbre, el silencio, la falta de respuesta ante la ausencia de un ser querido. 

Todos los meses se conocen nuevos nombres de mujeres desaparecidas en Tucumán, con un Estado que no adhiere a la ley de salud sexual y procreación responsable mientras cientos de mujeres gritan Ni una menos y Vivas nos queremos. Cada vez más familias son víctimas de la impunidad, como es el caso de la familia de Milagros Avellaneda, desaparecida desde octubre del año pasado junto a su hijo Benicio Coronel. Por esta causa está imputado un guardiacárcel llamado Roberto Rejas. “Rejas es guardiacárcel y en su familia hay peritos. Ellos borraron las pruebas que había en su auto, pero hay mensajes que demuestran que son culpables. Ese hombre engañó a mi hija y encima su abogado, el doctor Picón, nos dice que nosotros no somos los padres. Eso es inhumano”, dice Miguel Reyes Avellaneda, padre de Milagros. La semana pasada, Benicio cumplió dos años, y su hermano no pudo abrazarlo, ni su abuela pudo preparar un cumpleaños, ni su mamá pudo estar en casa con sus hijos. “Todos los días mi otro nieto pregunta cuándo volverá su mamá. Él piensa que su mamá se fue a trabajar y yo no sé qué decirle. Me levanto llorando, me voy a dormir llorando pensando en mi hija y en mi nieto, mientras Rejas está en la cárcel de Villa Urquiza, que es como su casa”, manifiesta la mamá de Milagros y expresa su repudio a la Policía. “Los policías están para protegernos no para hacernos desaparecer. A mi hija la hizo desaparecer un policía”.

El pedido de justicia y el grito contra la impunidad están presente en cada marcha, como las que se realizan cada martes en la plaza Independencia de la capital tucumana. A pesar de que la sociedad sale a las calles a exigir acciones del Estado, la emergencia en violencia sexual y doméstica no se reconoce. “Desde el día que desapareció Daiana hasta hoy, ¿cuántos casos se han venido sucediendo? El Estado tiene que dar una respuesta”, dice Ramón Garnica. “Yo le diría a todas las familias que cuiden mucho a sus hijas y a sus hijos. Que no se dejen engañar con nadie. Estamos viviendo una realidad muy difícil”, expresa Miguel Avellaneda. Dos padres que buscan a sus hijas con pruebas claras, pero con la impunidad que otorgan los desaparecidos. “El desaparecido, en tanto esté como tal, es una incógnita. Mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial. Es un desaparecido. No tiene entidad. No está. Ni muerto ni vivo, está desaparecido”, decía el dictador Jorge Rafael Videla respecto a los desaparecidos en dictadura. Con esto dejaba en claro la falta de procesos que implica ser un desaparecido. Una figura que se configura en dictadura pero sigue presente en democracia y a través de la cual los perpetradores obtienen complicidad de un poder político o patriarcal. Por la violencia institucional o la falta de políticas para erradicarla. Por un Estado que es consciente de sus faltas y se regodea con el silencio.